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Instrucción del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos para su
observancia en los tribunales diocesanos e interdiocesanos en la tramitación de
las causas de nulidad (Primera entrega)
La dignidad del matrimonio, que entre los bautizados «es imagen y participación de la
alianza de amor de Cristo y de la Iglesia» (1), exige que la Iglesia promueva con el
mayor desvelo pastoral posible el matrimonio y la familia basada en la unión conyugal, y
los proteja y defienda con todos los medios a su alcance.
El Concilio Vaticano II no se limitó a proponer y desarrollar, con nuevos conceptos y
renovados términos, la doctrina acerca de la dignidad del matrimonio y de la familia (2),explorando con más amplia perspectiva su conformación en sentido cristiano y
genuinamente humano, sino que trazó también un camino cualificado para ulteriores
perspectivas doctrinales, y estableció nuevas bases sobre las que se pudo preparar la
revisión del Código de Derecho Canónico.
Estas nuevas perspectivas, que suelen denominarse «personalistas», se han revelado
muy eficaces a la hora de desarrollar progresivamente, en la doctrina comúnmente
aceptada y frecuentemente propuesta bajo diferentes modalidades por el Magisterio,
determinados valores que por su propia naturaleza contribuyen ampliamente a que la
institución del matrimonio y de la familia alcance los elevadísimos fines que Dios
Creador, con providente sabiduría, le tiene asignados y que Cristo Redentor enriqueció
con amor nupcial (3).
Resulta por otra parte evidente que el matrimonio y la familia no son algo privado
que cada uno puede labrar a su antojo. El propio Concilio, que con tanta energía exalta
todo lo que atañe a la dignidad de la persona humana, consciente de que de dicha
dignidad forma parte la aptitud social de los seres humanos, no deja de poner de relieve
que el matrimonio es por su naturaleza una institución fundada por el Creador y por éste
provista de leyes propias (4), y que sus propiedades esenciales son la unidad y la
indisolubilidad, «que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón
del sacramento» (can. 1056).
De ello se deriva que la dimensión jurídica del matrimonio no es ni puede concebirse
como algo que se yuxtapone «como un cuerpo extraño a la realidad interpersonal del
matrimonio, sino que constituye una dimensión verdaderamente intrínseca a él» (5). Así
lo afirma explícitamente la doctrina de la Iglesia ya desde San Pablo, como observa San
Agustín: «Tanta fue la importancia que el Apóstol atribuyó a la fidelidad [conyugal], que
llegó a llamarla potestad, diciendo: “No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido.
Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer” (1 Co 7, 4)» (6). Por ello,
tal y como afirma Juan Pablo II, «en una perspectiva de auténtico personalismo, la
enseñanza de la Iglesia implica la afirmación de la posibilidad de la constitución del
matrimonio como vínculo indisoluble entre las personas de los cónyuges, esencialmente
orientado al bien de los cónyuges mismos y de los hijos» (7).
Al avance doctrinal en la comprensión de la institución del matrimonio y de la familia
le acompaña en este tiempo nuestro el progreso en las ciencias humanas, sobre todo en
las psicológicas y psiquiátricas, las cuales, al ofrecer un conocimiento más profundo del
ser humano, pueden contribuir en gran medida a la comprensión de las condiciones que
en él se requieren para que sea capaz de contraer el vínculo conyugal. Los Pontífices
Romanos, desde Pío XII (8), al tiempo que advierten de los peligros que se corren si, en
esta materia, se asumen como datos científicos ciertos meras hipótesis no confirmadas
científicamente, siempre han alentado y exhortado a los estudiosos del derecho
matrimonial canónico y a los jueces eclesiásticos a no temer hacer propias, en beneficio
de su disciplina, las conclusiones ciertas, basadas en la sana filosofía y en la antropología
cristiana, que aquellas ciencias les han ido brindando con el paso del tiempo (9)
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